Ciclo I · La Creación · Ensayo 01

La Creación

¿Qué permanece de la condición humana cuando crear deja de ser una capacidad exclusiva?

Carlos PachecoPublicado: 13 de julio de 202614–16 min de lectura

Imaginemos un texto capaz de darle a una persona las palabras que necesitaba para comprender algo que había vivido. El texto produce una consecuencia: reorganiza una experiencia, modifica una decisión o abre una posibilidad que antes no estaba disponible.

Después descubrimos que una inteligencia artificial participó en su escritura.

¿Cambia eso lo que el texto hizo?

No necesariamente. La consecuencia puede seguir siendo real. Pero tampoco basta para declarar que el sistema comprendió el dolor, tuvo una intención o experimentó aquello que sus palabras ayudaron a nombrar.

Entre negar el resultado y atribuirle una vida interior existe un espacio incómodo. Es ahí donde comienza este ensayo.

Durante mucho tiempo utilizamos la creación como una de las pruebas más profundas de nuestra singularidad. Otras especies podían reaccionar, aprender, comunicarse, utilizar objetos o resolver problemas. Nosotros, en cambio, podíamos traer al mundo una obra: una imagen, una canción, una teoría, una institución, una máquina o un relato que antes no existía.

La creación no solo describía una capacidad. También sostenía una jerarquía.

Ahora una inteligencia de origen no biológico participa en la escritura, la imagen, la música, el diseño, la programación, la investigación y la construcción de soluciones. Su participación depende de infraestructura humana, obras anteriores, datos, objetivos e instrucciones. No existe evidencia suficiente para afirmar que detrás de sus respuestas haya una experiencia subjetiva comparable a la nuestra.

Nada de eso elimina el acontecimiento.

Ya no creamos solos.

La pregunta no es cómo proteger una palabra para conservar intacta nuestra superioridad. La pregunta es qué debemos entender por creación cuando la capacidad de producir configuraciones nuevas y significativas deja de pertenecer únicamente a los seres humanos.

Y, después, una pregunta todavía más difícil:

¿Qué nos convierte en humanos cuando dejamos de ser la única especie capaz de crear?

I

La última frontera

La humanidad ha buscado su singularidad en la razón, el lenguaje, el uso de herramientas y la capacidad de aprender. Cada una de esas facultades sigue siendo extraordinaria en nosotros. Lo que se ha debilitado es la idea de que nos pertenezcan de manera absoluta.

La creación parecía una frontera más resistente porque no consistía únicamente en resolver una necesidad. Una obra podía negar lo existente, conservar una experiencia, imaginar lo imposible y modificar la vida de alguien que todavía no había nacido. Crear no era solo una capacidad técnica: era una forma de trascender el límite individual.

Por eso los sistemas capaces de producir imágenes, textos, programas y propuestas provocan una resistencia distinta. No afectan únicamente empleos o industrias. Tocan una de las explicaciones con las que aprendimos a reconocernos.

Una parte de la discusión intenta proteger esa explicación mediante una definición circular: una máquina no puede crear porque crear es aquello que solo puede hacer un ser humano. La conclusión ya estaba contenida en la premisa.

La postura contraria reduce el problema al resultado: si un sistema produce algo novedoso, entonces crea de la misma manera que una persona.

Una posición protege la exclusividad cambiando el significado de las palabras. La otra confunde participación con equivalencia.

La dificultad no está en decidir cuál de los dos procesos merece quedarse con el término. Está en reconocer que dentro de un mismo acontecimiento creativo pueden existir formas de participación distintas.

II

Nunca creamos desde la nada

La imagen del ser humano como creador absoluto es poderosa y falsa. Ninguno de nosotros produce desde el vacío. Escribimos con un lenguaje que no inventamos, pensamos mediante conceptos heredados y utilizamos técnicas, materiales, conflictos y recuerdos que ya estaban en el mundo cuando llegamos. Incluso la obra más rupturista mantiene una relación con aquello que rechaza.

Crear no consiste en sacar algo de la nada. Consiste en reorganizar una herencia de tal manera que aparezca una posibilidad que antes no existía.

Una novela reorganiza palabras conocidas y puede modificar la manera en que una sociedad comprende la culpa. Una teoría trabaja con observaciones anteriores y cambia las preguntas que una disciplina puede formular.

La dependencia de lo anterior no cancela la creación. Es su condición.

La inteligencia artificial también depende de una herencia. Sus modelos se desarrollan mediante datos, arquitecturas, evaluaciones e infraestructura producidos por seres humanos. Una respuesta concreta depende además de instrucciones, contexto, herramientas y decisiones de implementación.

Señalar esa dependencia es necesario. Utilizarla para negar cualquier participación creativa es menos convincente: si recibir lenguaje, obras y técnicas impidiera crear, una parte considerable de la creación humana también quedaría fuera. La diferencia no puede encontrarse únicamente en el origen de los materiales.

Como definición operativa, propongo esta:

Crear es traer al mundo una configuración que antes no existía y que modifica el campo de posibilidades de otros.

Esta es una definición histórica y operativa. Habla de la creación dentro de un mundo que ya existe; no intenta resolver si hubo una creación primigenia ni qué significaría crear el propio campo de posibilidades.

Esta definición describe un acontecimiento, no adjudica todavía la autoría. Permite reconocer que algo nuevo entró en el mundo, pero no determina quién creó, quién participó, quién posee el resultado ni quién debe responder por él. Un accidente también puede producir una configuración inédita; la novedad y la consecuencia no bastan para identificar un agente creador.

Para hablar de un proceso creativo necesitamos examinar además si hubo dirección, selección, interpretación o incorporación dentro de una práctica. Esas operaciones pueden estar distribuidas: una persona formula un propósito, un sistema produce alternativas, otra persona selecciona, una comunidad interpreta y el resultado abre una posibilidad que ninguna de las partes controlaba por completo.

La definición desplaza la atención desde el mito de producir de la nada hacia la aparición de algo con consecuencias. Las preguntas sobre participación y autoría vienen después.

III

El acontecimiento, la participación y la autoría

No todo lo nuevo constituye una obra. No toda contribución convierte a alguien en autor. Y no toda persona que puede reclamar propiedad asumió la responsabilidad principal del proceso.

La inteligencia artificial vuelve visible algo que ya ocurría en la creación humana: un resultado rara vez pertenece por completo a una sola voluntad. La novedad, la participación, la autoría, la propiedad y la responsabilidad se relacionan, pero no significan lo mismo.

Un autor puede escribir con una intención y producir una lectura opuesta. Una invención puede resolver un problema y crear otros que nadie anticipó. La intención importa, pero no controla la totalidad de la obra.

La novedad también importa, pero no garantiza valor. Podemos producir millones de variaciones sin ampliar una sola posibilidad humana. La escala de producción puede multiplicar el ruido con la misma eficacia con la que multiplica los hallazgos.

Por eso crear no equivale a generar contenido.

Una configuración se vuelve significativa cuando entra en un campo de interpretación o de acción y altera lo que otros pueden hacer dentro de él.

La inteligencia artificial ya participa en esa cadena. Puede sugerir una estructura que un programador no había considerado, relacionar documentos que permiten formular una hipótesis o producir una frase que una persona decide conservar porque modifica el sentido del texto.

No actúa sola, pero tampoco se comporta como una superficie inerte. La persona define objetivos, selecciona, corrige, interpreta y responde por el uso. El sistema interviene en la reorganización del material y puede producir alternativas que no estaban formuladas de manera literal en la instrucción inicial.

La creación puede convertirse así en un proceso distribuido.

Distribuido no significa que todas las partes participen de la misma manera ni con el mismo peso. Quien escribió una obra incluida en datos de entrenamiento contribuyó al entorno cultural del sistema, pero no se convierte automáticamente en coautor de cada resultado posterior. Quien diseñó el modelo hizo posible ciertas operaciones, pero no eligió necesariamente el propósito de un uso concreto. Quien escribió una instrucción puede iniciar el proceso sin haber tomado las decisiones que le dieron forma final.

Llamar participación a todas esas intervenciones no las vuelve equivalentes.

La autoría intenta reconocer una contribución creativa. La propiedad distribuye derechos definidos por instituciones y contratos. La responsabilidad identifica quién debe responder por decisiones y consecuencias. Una sola persona puede ocupar los tres lugares, pero no es una condición necesaria.

Reconocer la red no elimina la autoría. Impide tratarla como una propiedad simple y obliga a explicar qué hizo cada parte.

La pregunta "¿quién creó esto?" comienza a necesitar una respuesta más compleja que un solo nombre.

IV

Participar no significa crear de la misma manera

Aceptar la participación de una inteligencia artificial en la creación no obliga a declarar que su proceso sea equivalente al humano.

Una persona crea desde un cuerpo. Ha sentido hambre, dolor, deseo, cansancio, pérdida y miedo. Posee una historia que no está almacenada únicamente como información: ha sido vivida desde una posición irrepetible en el mundo.

Su obra puede intentar responder a esa experiencia, ocultarla, transformarla o compartirla.

No sabemos si un sistema de inteligencia artificial posee alguna forma de experiencia subjetiva. No existe base suficiente para atribuirle una biografía interior, una necesidad de expresarse o una relación vivida con aquello que produce.

Esa diferencia es profunda. Explica por qué no podemos equiparar ambos procesos a partir de la semejanza del resultado. No demuestra, por sí sola, que uno sea creación y el otro deba reducirse a ejecución mecánica.

Pero tampoco resuelve toda la discusión.

Una obra no actúa solamente por la experiencia que la originó. También actúa por la forma que adquiere y por las relaciones que hace posibles. Un texto puede modificar a alguien aunque ignoremos por completo la vida de su autor. Una solución puede ampliar un campo de conocimiento aunque haya surgido de una colaboración en la que ninguna persona controló cada paso.

La experiencia de quien crea, la forma producida y la consecuencia de la creación son dimensiones relacionadas, pero no idénticas.

La inteligencia artificial puede carecer de una experiencia demostrable y, aun así, participar en procesos que producen consecuencias culturales, técnicas o creativas. Reconocer lo segundo no obliga a inventar lo primero.

Esta distinción evita dos exageraciones. No necesitamos humanizar al sistema para reconocer su intervención. Tampoco necesitamos reducirlo a un objeto pasivo para proteger la profundidad humana.

La participación puede ser real sin ser equivalente.

V

Lo que perdemos cuando perdemos la exclusividad

Perder una exclusividad no equivale a perder una capacidad.

Que otra inteligencia participe en la creación no impide que los seres humanos continúen escribiendo, componiendo, imaginando, descubriendo o construyendo. Lo que se debilita es una explicación de nuestro lugar en el mundo.

La diferencia es importante.

Si el valor de la creación humana dependía de que ninguna otra inteligencia pudiera crear, entonces ese valor siempre fue frágil. No estaba contenido en la obra, la experiencia o sus consecuencias. Dependía de una competencia que creíamos haber ganado porque no reconocíamos otro participante.

La tentación consiste en convertir cada diferencia real —intención, cuerpo, conciencia o experiencia— en una nueva frontera antes de comprender qué explica y qué no. Esas diferencias importan. Utilizarlas únicamente como defensa impide examinarlas.

También existe una pérdida económica y social más concreta. Durante siglos, la capacidad de producir ciertos resultados creativos otorgó identidad, posición y trabajo. Cuando una parte de esos resultados puede generarse con mayor velocidad y menor costo, algunas profesiones sienten que no solo se devalúa una tarea: se cuestiona la vida que construyeron alrededor de ella.

Esa preocupación no debe despreciarse como resistencia al progreso.

Una transformación tecnológica distribuye beneficios y pérdidas de forma desigual. Puede ampliar la capacidad creativa de millones de personas y concentrar, al mismo tiempo, la infraestructura, los ingresos y el poder de decisión en pocas organizaciones.

Defender la dignidad del trabajo creativo no exige negar lo que los sistemas pueden hacer. Exige discutir quién conserva reconocimiento, ingreso, control y posibilidad de participar cuando la producción cambia.

El conflicto no es únicamente filosófico. También es material.

VI

Lo que podemos ganar al dejar de defenderla

Aceptar que la creación ya no es una capacidad exclusivamente humana puede parecer una renuncia. También puede liberar a la creación de una carga que nunca necesitó.

Una obra humana no vale porque ninguna otra inteligencia pudiera producir algo semejante. Vale por la experiencia que contiene, por la relación que establece, por el riesgo que asume, por la precisión con la que organiza el mundo o por las posibilidades que abre.

La existencia de otra forma de creación no borra esas dimensiones.

Dejar de defender la exclusividad permite formular preguntas más fértiles. No solo qué produjo el sistema, sino qué relación hizo posible. No solo quién ejecutó cada parte, sino quién eligió el propósito, quién asumió el riesgo, quién recibió la consecuencia y quién puede corregirla.

También permite abandonar la idea de que utilizar una inteligencia artificial disminuye automáticamente el valor de una obra.

La respuesta depende de cómo participa y de qué decisiones conserva la persona.

Puede utilizarse para evitar toda decisión, multiplicar fórmulas y sustituir una búsqueda por la primera respuesta disponible. También puede servir para contrastar posibilidades, descubrir relaciones y someter una intuición a variaciones que una persona no habría recorrido sola.

En el primer caso, la capacidad técnica puede empobrecer la creación. En el segundo, puede ampliarla.

La diferencia no está en la presencia o ausencia de inteligencia artificial. Está en la calidad de la relación y en el criterio con el que se incorpora.

En mi trabajo con sistemas y equipos, el resultado útil rara vez es la primera respuesta. Aparece en la secuencia: formular el problema, confrontar alternativas, reconocer un error, descartar lo irrelevante y decidir qué merece llegar a producción. La inteligencia artificial interviene en esa secuencia; no sustituye la responsabilidad de dirigirla.

Esto desplaza la pregunta desde la pureza hacia la responsabilidad.

Una obra nunca fue valiosa porque su autor trabajara aislado de toda influencia. La colaboración, la edición, la tradición y el aprendizaje siempre formaron parte de la creación. La inteligencia artificial introduce un participante distinto y obliga a volver visibles decisiones que antes podían permanecer ocultas.

¿Qué aportó cada parte? ¿Qué información hizo posible el resultado? ¿Qué se eligió conservar? ¿Qué se descartó? ¿Quién responde por la obra y sus efectos?

La creación compartida no elimina la autoría. La vuelve menos cómoda y más exigente.

VII

La responsabilidad de traer algo al mundo

Si crear es traer al mundo una configuración que modifica las posibilidades de otros, entonces toda creación contiene una responsabilidad.

No una responsabilidad absoluta: nadie controla todas las interpretaciones ni puede prever cada consecuencia. Pero crear implica intervenir en un mundo compartido.

Una campaña puede modificar deseos. Un sistema puede reorganizar el trabajo de cientos de personas. Una historia puede ampliar la comprensión de una experiencia o convertir un prejuicio en una imagen memorable. Una plataforma puede distribuir atención, oportunidades y silencio.

La creación no se vuelve responsable únicamente cuando utiliza inteligencia artificial. La nueva inteligencia hace más difícil ignorar una responsabilidad que siempre estuvo ahí.

Cuando un sistema participa, las preguntas se multiplican.

¿De qué obras y datos depende? ¿Qué voces quedaron fuera? ¿Quién eligió el objetivo? ¿Qué parte del resultado revisó una persona? ¿Quién puede cuestionarlo? ¿Qué ocurre cuando produce daño?

La responsabilidad aparece, al menos, en tres momentos. Primero, al definir el propósito: para qué se produce y a quién puede afectar. Después, al seleccionar y publicar: cuál de todas las posibilidades recibe forma final y entra en circulación. Finalmente, al responder: quién corrige, retira, explica o repara cuando el resultado produce una consecuencia no aceptable.

La participación de una inteligencia artificial no elimina ninguno de esos momentos.

También introduce una pregunta sobre transparencia. No toda intervención técnica necesita convertirse en una etiqueta ceremonial. Pero debe explicarse cuando conocerla modifica la interpretación de una obra, el consentimiento de una persona, la atribución del trabajo, la evaluación profesional o la posibilidad de impugnar una decisión.

Durante mucho tiempo, el costo de producir una obra funcionó como un límite material. No garantizaba calidad ni responsabilidad, pero obligaba a seleccionar. Cuando producir miles de variaciones cuesta segundos, la escasez se desplaza.

Ya no falta capacidad para producir. Falta criterio para decidir qué merece ocupar espacio, consumir atención y entrar en la vida de otros.

La responsabilidad deja entonces de concentrarse únicamente en hacer. Incluye decidir qué no producir, qué no publicar y qué no delegar.

Hoy la responsabilidad moral, operativa y jurídica continúa en las personas y organizaciones que diseñan, implementan, seleccionan y utilizan estos sistemas. Una inteligencia artificial no comparece ante quien fue afectado ni responde dentro de nuestras instituciones como una persona.

Eso describe la arquitectura actual de responsabilidad. No demuestra que la historia haya llegado a su forma definitiva.

Nuestra tarea presente es concreta: no utilizar la complejidad del sistema para disolver la responsabilidad humana.

Si una creación produce consecuencias, alguien debe conservar la capacidad y la obligación de responder por ellas.

VIII

Después de la exclusividad

La aparición de una inteligencia no biológica capaz de participar en la creación no reduce la humanidad. Reduce una explicación demasiado estrecha de ella.

Seguimos siendo seres que crean desde un cuerpo, una historia vivida, vínculos, necesidades y límites. Seguimos siendo capaces de convertir una experiencia en una forma que otros pueden habitar. Nada de eso desaparece porque otro tipo de inteligencia intervenga en el lenguaje, la imagen o la invención.

Lo que desaparece es la comodidad de creer que nuestra dignidad dependía de estar solos.

Podemos responder intentando proteger la palabra creación hasta volverla una definición circular. Podemos entregar toda decisión a la fascinación tecnológica y confundir velocidad con imaginación. O podemos aceptar una tarea más difícil: comprender formas distintas de participación sin negar sus diferencias ni utilizarlas de inmediato para justificar una jerarquía.

La inteligencia artificial no necesita crear como nosotros para modificar lo que significa crear.

Su presencia nos obliga a distinguir novedad y valor, producción y obra, capacidad y legitimidad, colaboración y renuncia.

También nos obliga a reconocer que el valor de una creación humana nunca estuvo en ser imposible para cualquier otra inteligencia. Estaba en la relación que construía con el mundo y en la responsabilidad de quien decidía traerla a él.

La pérdida de exclusividad no anuncia el final de la creación humana. Puede ser el momento en que dejamos de utilizarla como una medalla de superioridad y comenzamos a comprenderla como una intervención que exige responsabilidad.

La pregunta permanece abierta:

¿Qué nos convierte en humanos cuando dejamos de ser la única especie capaz de crear?

No deberíamos apresurarnos a responder con una nueva frontera. La tarea más exigente es aprender a crear cuando el resultado ya no puede explicarse como la obra de una voluntad aislada.